VISIONES SAHARAUIS (4) En el vientre de las dunas

 

Gervasio Sánchez. Heraldo de Aragón

Vivir en un campo de refugiados desde que naces hasta que mueres. Crecer, madurar, envejecer confinado en el vientre de las dunas.  Podría ser la hoja de ruta de la vida de cualquier saharaui después de más de cuarenta de espera en un destierro de arena y miedos.

Pasan los años, y las décadas, sin que se perciban cambios en el horizonte. Sin poder delinear el futuro como haría cualquier ciudadano de un país normalizado, con dificultades para vivir el presente embarcados en una lucha permanente por la supervivencia. Como si el tiempo se hubiera congelado y la esperanza fuese una invención.

Si no llueve se ahogan de sed. Si llueve demasiado, como ha ocurrido en los dos últimos inviernos, se quedan sin casas perseguidos por las epidemias. Si los donantes recortan la distribución de los alimentos primordiales se disparan los problemas sanitarios. Una canasta básica mermada aumenta la anemia en las mujeres embarazadas y provoca una reducción de peso en los recién nacidos.

“Vamos contrarreloj. En cinco años se puede disparar la malnutrición severa. Los niños nacen con un tercio menos de peso desde que empezaron los problemas de distribución de la ayuda humanitaria. La mortalidad infantil está creciendo aunque todavía no es alarmante”, explica un alto responsable sanitario saharaui.

El siroco, con vientos de 80 kilómetros por hora, impide ver a pocos metros. La carretera se recubre de una espesa capa de arena que hace que el coche, con neumáticos sin apenas dibujo, patine como si estuviese sufriendo aquaplaning.  El conductor suspira cada vez que el vehículo se le descontrola y al final pregunta: “¿Se puede vivir así?” Y él mismo se responde: “No, pero se vive”.

La sensación de estar permanentemente comiendo arena durante los tres días que suele durar el siroco compite con la visión de las cabras rebuscando comida en las bolsas de basura casi siempre vacías que hay por todas partes o de los niños desplazándose a sus escuelas empujando las nubes de polvo.

Sorprende que los colegios funcionen con normalidad en condiciones tan dramáticas y que todos los niños saharauis estén escolarizados. Sorprende, incluso, que haya cinco centros de educación especial para discapacitados y cuatro más para ciegos con niños y niñas bien tratados.

Cruz Roja Española reparte semanalmente la dieta alimentaria del alumnado de los centros especiales, el combustible diario del transporte escolar y la reparación del mobiliario. Los niños discapacitados pueden hacer su principal comida diaria antes de regresar a sus casas. Se benefician del programa unos 260 niños de enseñanza básica y unos 1.000 internados de 15 a 18 años.

En el campamento de Bojador,  22 niños con diversidad sensorial (sordos mudos y ciegos) y de educación especial se benefician de esta ayuda que se distribuye semanalmente para mantener la calidad de los alimentos.

La dieta semanal es muy variada. De sábado a jueves los niños y las niñas comen platos distintos que incluyen arroz, lentejas, espaguetis, atún, sardinas, pollo congelado, huevos y muchas verduras. En el campamento de Auserd, con un censo de 42 discapacitados, la mayoría menores de edad, el plato del jueves es la tortilla española.

Aunque algunos niños no pueden acudir por falta de transporte, estar a menudo enfermos o porque sus discapacidades obligarían a tener una ayuda muy específica.

Farida Mohamed Saleh, niña ciega de 8 años, hace prácticas con una máquina de escribir Perkins en el campo de refugiados de El Aaiún. A su lado está Ene Mohamed Nayem, de seis años, que perdió la vista por culpa de una enfermedad degenerativa. Las dos niñas se llevan muy bien y se ríen de las bromas que les hace la profesora.

El director del centro es Elmani Sidi Ibrahim, nacido en 1963 y afectado por glaucoma cuando tenía 23 años. “Entre 1992 y 1999 viví varias temporadas en España, incluida una larga estancia  en Zaragoza donde realicé un programa de rehabilitación de técnicas básicas para el manejo del bastón e hice un curso de braille en la ONCE”, recuerda emocionado Elmani. Las trabajadoras sociales aragonesas todavía lo recuerdan veinte años después. En 2013 acompañó a Durango a un grupo de niños discapacitados.

En los campamentos hay unos diez niños ciegos totales. Los que tienen entre uno y cinco años están en los centros especiales y a partir de los seis años asisten a la escuela normal con profesores de apoyo.

En el centro de discapacidad de Auserd trabajan catorce personas. Dos personas se especializaron en Cuba en atención a menores discapacitados. El resto ha estudiado alguna especialidad en Argelia y una persona se capacitó en lenguaje para sordos mundos en Getxo. “Somos conscientes de que necesitaríamos apoyo de especialistas españoles para mejorar el trato a los niños y las niñas”, explica Jamila Ibrahim, directora del centro.  

El sueño de cualquier niño saharaui es participar en “Vacaciones en Paz , un programa de ayuda humanitaria y de sensibilización organizado por asociaciones solidarias con el pueblo Saharaui, el Ministerio de Juventud de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) y las delegaciones del Frente Polisario en las distintas comunidades autónomas de España.

Su principal objetivo es posibilitar que miles de niños refugiados entre 8 y 12 años pasen el verano en España con familias acogidas y alejados de la dura climatología del desierto argelino, con temperaturas que sobrepasan los 50 grados centígrados. Durante su estancia los niños refugiados reciben un completo reconocimiento médico y el tratamiento adecuado a las dolencias diagnosticadas. En 2008 unos 9000 niños y niñas se beneficiaron del programa. En los últimos años se ha ido reduciendo el número hasta la mitad.

 

Observatorio Aragones para el Sahara Occidental

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